En tiempos en que el fútbol está repleto de obligaciones, presiones, temores y miserias, planteos como el que expuso Alejandro Sabella ante Brasil en Goiania se volvieron cotidianos, aunque en este caso hacen remitir a lo más mezquino de la historia de la Selección Argentina.
"Pachorra" optó por un sistema táctico con cinco defensores pero además limitó hasta el extremo de la suspicacia a sus jugadores, quitándoles la posibilidad de tomar la iniciativa ante uno de los conjuntos brasileños más débiles de que se tiene memoria.
La sensación de sentirse inferior no es lo más preocupante sino la creencia que con un planteo así podemos llegar a algún lado. Quedó demostrado en el fútbol que el número de jugadores en un sector de la cancha no te hace más ofensivo ni más defensivo, pero la intención que adquiere el equipo es la clave y esta vez dejó mucho que desear.
El resultado no debe tener injerencia en el balance posterior -de hecho el conjunto argentino no estuvo lejos de empatar y hasta tuvo chances de ganar- sino que la imagen es el único foco que merece la atención. En rigor, Sabella presentó un plan que no dio ningún dividendo y dejó pasar una oportunidad de probar jugadores del medio local acompañados por la forma de juego que adoptará la celeste y blanca en los encuentros trascendentes. Es inevitable evitar pensar cómo una estructura de juego semejante puede servir en presencia de Messi, Higuaín, Aguero o Di María.
Con todo, aferrarse a un empate en el marco de un partido amistoso frente a un Brasil "Clase B", que podría haber funcionado como un importante banco de prueba, no suma absolutamente nada con perspectivas al futuro. Mientras tanto, el fútbol nacional sigue malgastando prestigio en el terreno internacional. Porque no había nada que perder, salvo resignar algo más de la poca identidad que nos queda.
