Proyectando una probable revisión de estos últimos meses en un futuro, podemos aventurar que los libros de fútbol concederán un generoso recuadro a un digno y justo campeón como lo es Newell´s Old Boys. Equipo que, basamentado en varios referentes históricos del club, supo construir y mantener una identidad que le permitió pelear en todos los frentes.También habrá un lugar especial para recordar al Vélez Supercampeón, aunque no se gastará demasiada tinta en explicar el motivo de la existencia de semejante título. Pero si la cuestión es mencionar el hecho que atrajo la atención en este torneo hay que referirse al descenso, y más precisamente a Independiente. Como le pasó a River dos años atrás, el Rojo sufrió la abrumadora presión que suscita para un club grande la inminente catástrofe futbolística de perder la categoría, a la que nunca se pudo reponer aun estando con suficiente margen para hacerlo. Por otra parte, de lo que no se va a escribir en los archivos de la AFA es de lo que no cambia ni siquiera parece amagar a cambiar: la sensación de violencia permanente. Hay para todos los gustos y de todos los colores. Violencia física, por parte de las barras y de otros inadaptados que se comportan como si fueran parte de ellas. Violencia verbal, aunque enquistada en la sociedad, sigue en aumento dentro del fútbol. Violencia futbolística, ejercida por los propios jugadores cada vez que simulan o quieren sacar ventaja ilícitamente de alguna situación.Violencia por discriminación. Violencia policial. Violencia dirigencial... Todos los sujetos que participan en el fútbol argentino forman parte de ella, por lo tanto son responsables en mayor o menor medida.
Con todo, la violencia más lamentable es la sufrida por el hincha común, que entre intereses, incapacidades y connivencia ajenos ve vulnerado su derecho a la seguridad en cada uno de los estadios.
Esta violencia nos acostumbró a otro fútbol, con tribunas cerradas para simpatizantes visitantes y descomunal presencia policial. Es ilusorio procurar erradicarla cuando desde las altas esferas se percibe inacción y no una profunda decisión política, que de momento parece tan lejana como necesaria. Se requiere un cambio rotundo, que no sea esporádico ni con la función de emparchar para sortear inconvenientes. Hay que barajar y dar de nuevo, para que cese la protección a los violentos en detrimento de los hinchas sanos. Mientras tanto, la violencia del Estado será la más dolorosa.