miércoles, 14 de diciembre de 2011

Atacar el problema

La idea sigue siendo la misma. Es inminente el cambio de formato del torneo de Primera División. Si no es para mitad de año será para 2013, pero evidentemente se hará efectivo porque Julio Grondona así lo quiere. El hecho de regresar al torneo largo, de remover las Promociones y de implementar un sistema de descensos un tanto más justo y lógico viene como respuesta a la pérdida de imagen que sufrió el certamen local en los últimos tiempos. Campeones sin brillo, partidos aburridos, jugadores y equipos irregulares y un "todo" mezquino y poco coincidente con la historia nacional.

La modificación del torneo no será la solución al problema de fondo, aunque sí va en dirección a él, con intención de asistirlo. Se le debe dar menos preponderancia al vencedor casual para que el foco de atención se lo lleve el cómo y el porqué, el análisis de los partidos y no el mero resultado que es lo que prevalece e impera hoy en día.

Ese es el espíritu que debería de tener cualquier avance dirigencial: mejorar la calidad del fútbol argentino aun en detrimento del show que por ejemplo suscitan los campeonatos cortos. Tal vez ceder en emotividad sea el camino para volver a disfrutar del fútbol como espectáculo, como ocurría hasta hace poco. El atractivo continuará firme; se puede descansar en la pasión del hincha argentino que hasta por demás demuestra en cada estadio que visita.

Tampoco hay que ser ingenuos: la real motivación de los popes de la AFA pasa por lo económico. Toda decisión esta transversalmente relacionada con la búsqueda de mayores ingresos y eso, pese a las necesidades, llevará inexorablemente a la resignación de la identificación con nuestro fútbol.

Todavía hay muchas cuestiones por saber, pero la revisión de la organización ya está en marcha. El boceto que contempla agregar equipos a la primera categoría quizás genere controversias y debates que muy posiblemente no se den como debería en las oficinas de Viamonte. Como tampoco se pensará en darle un estímulo extra al equipo que consigue la victoria (4 puntos al ganador, por ejemplo), para que dejemos de ver encuentros en donde ninguno de los dos contendientes arriesga por conformarse con el empate.

La actualidad del fútbol argentino exige un replanteo de magnitud, pero serio; porque todavía se puede seguir resignando la identidad del fútbol argentino.

martes, 16 de agosto de 2011

Vuelta a las bases

Con la serie de penales culminada se cerró una etapa negra en la historia reciente del fútbol argentino. Los chicos del Sub-20 inmerecidamente heredaron el rol de salvadores ante los fracasos de la Selección Mayor, primero, y la Sub-17, después. Lo cierto es que forman parte de una cadena, que obtiene los resultados consecuentemente con la calidad de trabajo desarrollada. La Selección que viajó a Colombia no solo demostró no ser un oasis en el desierto, sino también terminó de evidenciar los grandes errores de la dirigencia nacional en los últimos años.

En líneas generales, el equipo de Walter Perazzo realizó un Mundial que dejó una mala imagen y pocas aristas para recordar. Si bien es verdad que nos habíamos mal acostumbrado a campeonar en la categoría de manera constante, con jugadores de excelencia en todas las líneas y un funcionamiento encabezado por José Néstor Pekerman con un proyecto redituable detrás, hay que hacer una salvedad: no se puede exigir los mismos resultados y el mismo rendimiento siempre, pero sí se puede criticar la intención de Perazzo, la cual estaba obligada, siquiera, a ser respetuosa con la identidad del fútbol argentino. En Colombia se vio un equipo mezquino, amarrete y poco coincidente con la historia de nuestro país.

Como primera medida, el próximo paso es determinante: la selección del sucesor de Perazzo. La decisión no debe ser como las anteriores. Por el contrario, requiere ser más democrática y transparente. Que no sea un capricho de uno. Una elección que permita que los encargados de tomarla se hagan responsables y que trascienda (que se informe) el cambio de rumbo que se busca con la designación. Así, con los dirigentes en la mira, cuando lleguen las derrotas, el futuro técnico tendrá otro tipo de respaldo de parte de los mandamases.

Además, el proyecto de la Sub-20 no puede estar exento del de Alejandro Sabella en la Mayor. Los entrenadores de ambas selecciones deben tener, en general, una misma idea fubolística, un horizonte definido, que los haga trabajar mancomunadamente por un mismo objetivo. No por eso deben articular tácticamente idénticas estructuras, pero si la Selección Mayor, como la de Batista por ejemplo, juega con tres delanteros, la Sub-20 no puede hacerlo con uno. O lo que es peor: si la selección argentina debe prepararse para tomar la iniciativa de los partidos, como en general ocurre ante equipos que se tiran atrás producto del poderío técnico de la albiceleste y eventualmente debilidades propias, la selección Sub-20 debe adoptar una postura ambiciosa para que los pibes se acostumbren a la tenencia de pelota y a ser protagonistas. Decididamente, esta idea no pasó y no pasa por la cabeza de Perazzo, quien tal vez no tenía figuras descollantes como en otras épocas, no obstante la categoría demanda la intención por el buen juego aun resignando la obtención de resultados a corto plazo.

Resignar los resultados no quiere decir dejarse perder o jugar por jugar. Sino anteponer la conformación de una identidad que requiere el equipo por encima de una final de un Mundial. Es inculcarle a las jóvenes promesas el amor por el fútbol que nunca se debe perder y el disfrute adentro de la cancha. Darles libertades para que se desarrollen y aprendan; para que cuando llegue la hora de verlos en la selección Mayor puedan divertirse y divertirnos. Demostrar lo que anda escaseando últimamente: el buen fútbol argentino. Para ello hace falta recordarles por qué eligieron el fútbol, que se olviden de tanta zanata resultadísta. Así dejaremos de ver un Mundial Sub-20 para sufrir y empezaremos a verlo para gozar, como hasta hace poco.

lunes, 11 de julio de 2011

Mega estrellas en problemas


Dos partidos. Bolivia y Colombia. Un grupo accesible. Un seleccionado repleto de figuras y un país deseoso de disfrutarlas y de festejar después de mucho tiempo una nueva Copa América.

El plan era extraordinario: el equipo argentino desplegaría su fútbol mundialmente reconocido por La Plata, por Santa Fe; para el delirio de su gente, muchos de ellos por primera vez tan cerca de Messi, de Tevez, de Agüero, de Mascherano. No obstante, las cosas no salieron ni remotamente como se esperaba. La ilusión era muy grande. La expectativa por el esperanzador discurso de Batista, también. Y como era de esperarse el reclamo de cambios profundos no se hizo esperar.

En este caso, la constante comparación con el Barcelona resulta más que odiosa. Sin embargo, tener una referencia, un rumbo decidido es fundamental. El Barça es inalcanzable, casi una utopía para la coyuntura argentina; pero respetar la intención, los principios básicos de su estilo de juego engrandece, aunque caer en la frustración y abandonar la identidad que pregona el Checho sea una tentación difícil de sobrellevar.

Es que, jugando de esa manera, se reduce al mínimo la participación del azar y se logra una solidez imbatible. Pero llegar a ese nivel implica sacrificio y un convencimiento y una constancia en el trabajo exhaustivos.
En rigor, en los dos primeros partidos de la Selección la idea catalana no es lo que falló, sino la estéril capacidad de transmitirla de Batista, o bien la suficiencia para asimilarla de parte de los jugadores.

La Argentina arrancó en ambos cotejos con buena circulación de balón, y en vez de afianzarse en esa dirección se fue desdibujando, olvidando los conceptos elementales que se requieren para mantener su idea y, así, entrando en la desesperación.
Quizá la gran expectativa depositada en el plantel -que paulatinamente se convirtió en presión- fue la causante del desorden argentino. Messi pareció desarticulado con sus compañeros de ofensiva y sumado a la falta de armonía en el mediocampo se hizo imposible derrotar tanto a los bolivianos como a los colombianos.

Con vistas a Costa Rica, el equipo debe enfocarse en hacer fluir mejor la pelota en la mitad de cancha y brindarle a Messi la comodidad que pide a gritos. Para ello, solo se necesita movilidad constante de sus compañeros, desmarcarse y convertirse en oferta de pase permanente. Luego, queda en la valoración de Lio la decisión de cuando acelerar para verticalizar.

Cada vez más en el fútbol mundial, el que menos arriesga se lleva el premio. Este equipo está obligado a arriesgar y por lo tanto a realizar el papel más difícil. Un desafío capaz de sortear para esta generación de mega estrellas.

sábado, 25 de junio de 2011

La excusa de siempre

Los árbitros argentinos están atravesando una época de cuestionamientos tal vez como nunca en la historia. Pero a diferencia de otros momentos, éste tiene la particular característica de la mediocridad futbolística, la escasez de grandes figuras, la ausencia de jerarquía y la presión permanente, que es la que conlleva a partidos mezquinos, de pocos goles y a una tendencia al conformismo inusitada.

Bajo este marco, sacar una mínima ventaja en el fútbol argentino es una proeza y aferrarse a ella, un designio incuestionable. Es que, en rigor, los árbitros se encuentran en el ojo de la tormenta no sólo por sus errores, sino también porque cada fallo se ha convertido -en este presente adicto al 0 a 0- en crucial para el resultado del partido.

Los referís se autocondicionan al quedar expuestos por sus falencias pero, más aún, sumergidos en la inseguridad psicológica en la que realizan su trabajo, existe un aliciente fundamental que agrava notoriamente esta estresante situación: las protestas permanentes de los protagonistas. Esas que transfieren el protagonismo a los propios árbitros.

Las protestas son la representación cabal de la carencia de templanza que reina en el fútbol para afrontar los conflictos. En cada queja, además, subyace la intención inconsciente (o no) de intimidar al árbitro con miras a la próxima maniobra polémica. En otras palabras: "como en este fallo cobraste en contra mía, reclamándote lograré que luego te equivoques a favor mío". Entonces, la protesta no es un pedido de justicia, sino una llamada a un privilegio sin razón que, instalada en la vulnerable cabeza del árbitro, funciona como compensación.

Esta metodología instintiva impera en el fútbol criollo desde hace tiempo, aunque se exacerbó en los últimos años hasta límites inaguantables. Es fogoneada indirectamente por hechos simbólicos que repercutieron en la interpretación de la concepción ética del fútbol. El mayor ejemplo es La Mano de Dios, un acontecimiento que proporcionó la convicción de que la picardía es una virtud dentro del fútbol y, más aún, una singularidad de los argentinos. Hay picardías y picardías. Pero ésta no sería mal vista sino partiera de la premisa de aprovecharse del rival de forma ilícita.

De esta doctrina, el mejor exponente (se lo ha ganado) es Guillermo Barros Schelotto. El mellizo consiguió, entre otras cosas, la idolatría en La Boca a fuerza de engaños y protestas constantes. Hoy en día, lamentablemente, el entrenador derrotado que no pone un manto de sospecha en el árbitro del partido es considerado un anormal. Es que, además, la queja contribuye a desligar responsabilidades en los demás, entonces muy pocos eluden la confortable sensación de limpiarse de culpas a costa del más débil: el árbitro.

Ya lo dijo Santos Discépolo: "El que no llora no mama". Se lo han tomado muy enserio.

jueves, 12 de mayo de 2011

Devaluado pero incomparable

Boca y River aún están lejos de ser los equipos protagonistas de otros tiempos, pero este campeonato, generoso por lo irregular, se empeña en dar segundas oportunidades.

Es que, como pasa solo dos veces por año, durante toda esta semana el Superclásico será el foco donde se posarán todas las miradas. No es para menos: las historias de los clubes lo amerita. Pero es por lo menos injusto: no existen los condimentos y las condiciones necesarios para rellenar semejantes historias.

Boca goza de un pasado reciente algo alentador. Después de naufragar fecha tras fecha con un equipo sin rumbo, Falcioni parece haber encontrado la fórmula que lentamente saque al xeneize del pozo. La levantada es más anímica que futbolística, más relativa que verídica, pero el conjunto de La Boca tiene al alcance de la mano la posibilidad de transformar la insinuación en realidad.

River, pensando en la "tabla de abajo", se siente más cómodo de visitante, sin la presión de ir a buscar el partido, básicamente porque esta preparado para eso. Sin embargo, la derrota con All Boys en el Monumental del pasado domingo generará otro tipo de presión para los jugadores, que será la alternativa más que posible de regresar a la zona de Promoción producto de una nueva derrota.

Con todo, este Súper en la Bombonera será tan atrayente como siempre. No obstante, como viene pasando en las últimas ediciones, lamentablemente el partido sorprenderá si no se convierte en una decepción.

jueves, 24 de marzo de 2011

La brújula descompuesta

Boca, debido a un cúmulo de errores, llegó a esta caótica actualidad. Sin embargo, en estos momentos es cuando las patas que componen al club no deben apurarse para sacar conclusiones determinantes ni exacerbar aún más las críticas, sino analizar de qué manera cambiar el rumbo de un conjunto de voluntades que va en picada inexorablemente hacia el vacío.

Desde el principio: César Falcioni fue el elegido para tomar las riendas de un equipo con pretensiones a recuperar la mística ganadora de antaño; en este, un año electoral. Las razones más fuertes de esta determinación parecieron ser la autoridad y personalidad que caracterizan al ex arquero y que ayudarían a encausar un vestuario autodestructivo; Pero no son las únicas. La capacidad comprobada, demostrada en sus anteriores trabajos es un aliciente que no hay que olvidar. Por otro lado, transcurridas 5 fechas, se puede concluir que el funcionamiento es de lo peor del campeonato, como certifica la tabla de posiciones. No obstante, para entender el porqué las conclusiones realizadas al respecto son más confusas que aprovechables.

Las internas del plantel, para empezar, llegan a límites impensados y seguramente repercuten en el ánimo de los jugadores, pero no son el factor fundamental de este mal momento como algunos se empeñan en difundir. Además, los futbolistas, en su mayoría estrellas que arribaron al club como consecuencia de sus destacadas carreras, no merecen cargar con la etiqueta de pésimos jugadores. Está claro: lo anímico juega, las presiones son otras, las adaptaciones son distintas y los bajos niveles son evidentes. Pero el tiempo debería darle a cada uno la posibilidad de demostrar su verdadera dimensión.

En concreto, se debe encontrar el mejor punto de partida para, desde ahí, comenzar a salir del pozo. Las malas decisiones de los últimos años no serán fáciles de afrontar, pero serán aún más difíciles con la mentalidad del que pregona "que se vayan todos".