Bajo este marco, sacar una mínima ventaja en el fútbol argentino es una proeza y aferrarse a ella, un designio incuestionable. Es que, en rigor, los árbitros se encuentran en el ojo de la tormenta no sólo por sus errores, sino también porque cada fallo se ha convertido -en este presente adicto al 0 a 0- en crucial para el resultado del partido.
Los referís se autocondicionan al quedar expuestos por sus falencias pero, más aún, sumergidos en la inseguridad psicológica en la que realizan su trabajo, existe un aliciente fundamental que agrava notoriamente esta estresante situación: las protestas permanentes de los protagonistas. Esas que transfieren el protagonismo a los propios árbitros.
Las protestas son la representación cabal de la carencia de templanza que reina en el fútbol para afrontar los conflictos. En cada queja, además, subyace la intención inconsciente (o no) de intimidar al árbitro con miras a la próxima maniobra polémica. En otras palabras: "como en este fallo cobraste en contra mía, reclamándote lograré que luego te equivoques a favor mío". Entonces, la protesta no es un pedido de justicia, sino una llamada a un privilegio sin razón que, instalada en la vulnerable cabeza del árbitro, funciona como compensación.
Esta metodología instintiva impera en el fútbol criollo desde hace tiempo, aunque se exacerbó en los últimos años hasta límites inaguantables. Es fogoneada indirectamente por hechos simbólicos que repercutieron en la interpretación de la concepción ética del fútbol. El mayor ejemplo es La Mano de Dios, un acontecimiento que proporcionó la convicción de que la picardía es una virtud dentro del fútbol y, más aún, una singularidad de los argentinos. Hay picardías y picardías. Pero ésta no sería mal vista sino partiera de la premisa de aprovecharse del rival de forma ilícita.
De esta doctrina, el mejor exponente (se lo ha ganado) es Guillermo Barros Schelotto. El mellizo consiguió, entre otras cosas, la idolatría en La Boca a fuerza de engaños y protestas constantes. Hoy en día, lamentablemente, el entrenador derrotado que no pone un manto de sospecha en el árbitro del partido es considerado un anormal. Es que, además, la queja contribuye a desligar responsabilidades en los demás, entonces muy pocos eluden la confortable sensación de limpiarse de culpas a costa del más débil: el árbitro.
Ya lo dijo Santos Discépolo: "El que no llora no mama". Se lo han tomado muy enserio.
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