El fútbol mundialmente ha mutado hacia un juego de paridades tan extremas que suscita resultados imprevisibles. En el mejor de los casos, esos resultados se concretan por detalles ínfimos en el marco de un partido, pero en la mayoría de las ocasiones el que incide para determinar vencedores y perdedores es el azar.
Es por eso que el análisis en base al resultado debe hacerse con cautela y siendo conscientes que las verdades absolutas no existen en este deporte ni en ningún otro. No obstante, lo que impera hace unos años son las opiniones tajantes, categóricas e implacables.
Los juicios híbridos conforman quizás la herramienta más adecuada para echar luz en una realidad repleta de factores heterogéneos, pero éstos gozan de mala fama debido a que son estigmatizados como tibios. Es la falta de impacto la que repele a los razonamientos carentes de contundencia, aunque sí coincidan con la relatividad constante en la que transita el fútbol de un tiempo a esta parte.
Son escasas las excepciones que escapan de la irregularidad dominante; un grato ejemplo argentino es Vélez Sarsfield, amo y señor del torneo local en los últimos años por solvencia y coherencia al momento de tomar decisiones dirigenciales. El emblema en el mundo es el Barcelona. Cada vez son menos... Hoy el fútbol se rige por la eventualidad: el que menos se equívoca, gana.
Al ser todo tan parejo, lo anímico pesa más que un progreso en lo futbolístico. Debido a esto el resultado es más importante de cara al futuro que un crecimiento del equipo. Se requiere urgentemente modificar el paradigma futbolero, porque cada día se juega peor. En Argentina, tal vez con el tiempo de trabajo que te brindan los torneos largos se pueda encontrar al menos una rudimentaria solución.
