martes, 16 de agosto de 2011

Vuelta a las bases

Con la serie de penales culminada se cerró una etapa negra en la historia reciente del fútbol argentino. Los chicos del Sub-20 inmerecidamente heredaron el rol de salvadores ante los fracasos de la Selección Mayor, primero, y la Sub-17, después. Lo cierto es que forman parte de una cadena, que obtiene los resultados consecuentemente con la calidad de trabajo desarrollada. La Selección que viajó a Colombia no solo demostró no ser un oasis en el desierto, sino también terminó de evidenciar los grandes errores de la dirigencia nacional en los últimos años.

En líneas generales, el equipo de Walter Perazzo realizó un Mundial que dejó una mala imagen y pocas aristas para recordar. Si bien es verdad que nos habíamos mal acostumbrado a campeonar en la categoría de manera constante, con jugadores de excelencia en todas las líneas y un funcionamiento encabezado por José Néstor Pekerman con un proyecto redituable detrás, hay que hacer una salvedad: no se puede exigir los mismos resultados y el mismo rendimiento siempre, pero sí se puede criticar la intención de Perazzo, la cual estaba obligada, siquiera, a ser respetuosa con la identidad del fútbol argentino. En Colombia se vio un equipo mezquino, amarrete y poco coincidente con la historia de nuestro país.

Como primera medida, el próximo paso es determinante: la selección del sucesor de Perazzo. La decisión no debe ser como las anteriores. Por el contrario, requiere ser más democrática y transparente. Que no sea un capricho de uno. Una elección que permita que los encargados de tomarla se hagan responsables y que trascienda (que se informe) el cambio de rumbo que se busca con la designación. Así, con los dirigentes en la mira, cuando lleguen las derrotas, el futuro técnico tendrá otro tipo de respaldo de parte de los mandamases.

Además, el proyecto de la Sub-20 no puede estar exento del de Alejandro Sabella en la Mayor. Los entrenadores de ambas selecciones deben tener, en general, una misma idea fubolística, un horizonte definido, que los haga trabajar mancomunadamente por un mismo objetivo. No por eso deben articular tácticamente idénticas estructuras, pero si la Selección Mayor, como la de Batista por ejemplo, juega con tres delanteros, la Sub-20 no puede hacerlo con uno. O lo que es peor: si la selección argentina debe prepararse para tomar la iniciativa de los partidos, como en general ocurre ante equipos que se tiran atrás producto del poderío técnico de la albiceleste y eventualmente debilidades propias, la selección Sub-20 debe adoptar una postura ambiciosa para que los pibes se acostumbren a la tenencia de pelota y a ser protagonistas. Decididamente, esta idea no pasó y no pasa por la cabeza de Perazzo, quien tal vez no tenía figuras descollantes como en otras épocas, no obstante la categoría demanda la intención por el buen juego aun resignando la obtención de resultados a corto plazo.

Resignar los resultados no quiere decir dejarse perder o jugar por jugar. Sino anteponer la conformación de una identidad que requiere el equipo por encima de una final de un Mundial. Es inculcarle a las jóvenes promesas el amor por el fútbol que nunca se debe perder y el disfrute adentro de la cancha. Darles libertades para que se desarrollen y aprendan; para que cuando llegue la hora de verlos en la selección Mayor puedan divertirse y divertirnos. Demostrar lo que anda escaseando últimamente: el buen fútbol argentino. Para ello hace falta recordarles por qué eligieron el fútbol, que se olviden de tanta zanata resultadísta. Así dejaremos de ver un Mundial Sub-20 para sufrir y empezaremos a verlo para gozar, como hasta hace poco.

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